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Abandono

Foto del escritor: Evan´s DarwinEvan´s Darwin

Extendió el paraguas a un paso del ladrillo que bordeaba los escalones del porche. Iris —con su chaqueta de mezclilla y jeans ajustado, de talla alta y un tanto roto por encima de las rodillas—, se detuvo frente a las verjas negras rezando que dejara de llover para que el caudal de la cuneta le dejara pasar al otro lado. Tenía prisa y el tiempo también. Los minutos danzaban bajo las teclas que la lluvia tocaba con cada gota. La brisa no tenía intención de parar. Regresó adentro para cambiarse los tenis y ponerse los deportivos negros todo terreno. Con ellos podía saltar desde este lado de la cuneta a la calle, para seguir caminando a la estación de la ruta, la que tomaba entre las seis y seis con veinte minutos, porque después de esa hora pasaban saturadas. Algunas ni se detenían. Era un infierno para las personas desesperante que maldecían sin desdén si el destino les dejaba.

Las pisadas de Iris en el asfalto se aceleraban con la preocupación de que la ruta se asomara por el horizonte y pasara justo en frente de ella, sin poder hacer una señal de humo que enfatizara su existencia, ni siquiera iba intentar correr detrás del escape porque el espejo no la delataría. Pero ese episodio no se materializó. Pudo llegar a las bancas rectangulares —con techo de tejas y perlines anticorrosivos—, sin ningún aviso intermitente de alguna buseta aproximándose.

La espera se hizo eterna. Y la tensión de llegar tarde crecía entre el vaivén de autos que no dejaban de tocar el taxón, porque sus ruedas no giraban con lentitud, sino con presura. Inició a perder la noción del momento cuando sus ojos se perdieron en las imágenes transitorias, las de un adulto con la cabeza adelantada y mirada perdida contabilizando la miseria de sus vidas en pesos y centavos, las de una anciana levantando la tapa de un termo para despachar una agua de cinco pesos, las de un estudiante odiando el carbón de sus lápices y culpando la carga que le añade su mochila a su vida sin valor, o las del vagabundo que duerme tirado en el suelo encima de un cartón como si se tratase el último día que sus brazos estarán entrecruzados en su piel desnuda.

De repente todo converge al subconsciente de Iris. Se cuestiona los años de vida de esa persona que ahora vive en el abandono, si tiene familia o si la perdió en una curva sin frenos, si siente frío o ya se adaptó al clima volátil, si piensa en lo que va hacer o transita al margen de la improvisación, si se alimenta con las sobras de la basura o ya desarrolló el aguante canino, si está enfermo o simplemente ya aceptó el día de su muerte, si ve a ambos lados al cruzar la calle o no le importa, si todavía es creyente o las circunstancias lo convirtieron en ateo, si es un loco o un genio incomprendido, si lo intentó o ya es partidario de no hacerlo, si tuvo pequeños éxitos o toda su vida ha sido de incontables fracasos, si estudió en alguna escuela o simplemente se cansó del sistema, si necesita apoyo y nadie se lo brinda… si es feliz siendo así o no lo es.

La cruda realidad y cruel verdad hace que pierda de vista su transporte. Y aunque su mente quiere enderezar el camino a la anterioridad. Ya es tarde. El destino se aproxima. Un animal conduce y otros, colgando de sus puertas y ventanas van.

Le ha dejado.

Le maldice y toma un taxi.

 
 
 

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