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Entrevista

Foto del escritor: Evan´s DarwinEvan´s Darwin

Hoy es viernes y no dejo de ver las paredes blancas, el abanico de torre y las cortinas ondeando detrás de la ventana. Es escurridiza. Está abierta a la mitad. La abrimos porque está lloviendo y necesitábamos ese aire a sereno y natural en nuestros cuerpos desnudos. El artificial no era suficiente.

Hay algo que me atrapa, y no es tu espalda simétrica, ni tu tanga de Calvin Klein, es otra cosa, es la sensación de tu piel alejándose de la mía, es la nostalgia de compartir esta cama por última vez. Y vienen a mí mente no solo los orgasmos intelectuales, sino también, la limonada y el café, la selfie en aquellas bancas azules, los abrazos frente al espejo, los tiempos de cocina y el batido derramándose de la licuadora, la comida china o la paella en el mesón, la sala seis y el cuarto piso, pero sin duda, tu antigua entrevista es la que rebobina con animación de rebote entre tus recuerdos.

La tarde caía, pero no lo sabíamos, no entraba luz por las cortinas anaranjadas al sofá, éramos uno frente al teatro en casa. Estaba sonando “lost on you” de LP cuando inicié con el ritual de preguntas.


—Hola. ¿Qué le dirías a ti misma dentro de diez años?

—Esa era la entrevista que me querías hacer, ¿verdad?

—Si.

—¿Qué le diría? Le diría que todavía no piense en hijos. Que se espere algunos años más.

—¿Qué más?

—Le diría que se vaya del país, si ya lo hizo que se quedé allá.

—¿Algo más?

—Que cuide su trabajo, que salga más, que no se arrepienta de lo que ha hecho, que perdone, aunque no le pidan perdón, que sane… ya.

—¿Qué? ¿Por qué vas a llorar?

—Ya no me grabes.

—¿Qué crees estarás haciendo?

—Voy a estar en una oficina. Frustrada. Aburrida. Estresada.

—¿Por qué?

—Porque así es la vida, trabajar.

—Pero… ¿si se trata de un trabajo que ames?

—No voy encontrar eso.

—Pésimas expectativas.

—Si. Muy pésimas. Y tú… ¿Qué estarás haciendo?

—La entrevista no es para mí.

—Pero yo quiero saber.

—La entrevista es para ti.

—Es para ambos.

—¿Y la apuesta de mil dólares?

—Yo la ganaré.

—¿Qué harías en caso de perder?

—No voy a perder.

—¿Por qué tanta confianza en la apuesta y no en tu situación económica o laboral?

—En lo económico estaré bien. En lo laboral estaré estresada.

—¿Cómo puedes estar bien en lo primero y en lo segundo no?

—Quizás tenga un buen trabajo, pero será estresante.

—Acabas de describir un trabajo que no deseas, ¿y si es lo contrario?

—Probablemente no lo sea, porque el que deseo tendrá muchas horas libres, voy a tener llegadas tarde, salidas temprano, solo entregar metas, objetivos, o hacer planes de algo, no sé.

—¿Te gustaría ser el CEO?

—Es probable. Por eso ganaré la apuesta.

—Jamás.

—Y con ese dinero me iré de viaje.

—¿Solita?

—Quizás te lleve, pero pagas tus gastos. O no sé, quizás quiera patrocinarte, porque voy a ganar y tú serás quien desembolsará el dinero.

—¿Solo con mil dólares?

—No importa. Buscamos el resto. O aumentamos la apuesta.

—¿A dónde irías con mil dólares?

—Buscaría un lugar bonito. Pero falta mucho... ¿Cuándo se cierra la apuesta?

—A los treinta.

—Imagínate. Faltan siete años. Me pagas en dólares.

—Si vas a Europa te los pago en euros, si vas a América en dólares.

—¿Piensas seguir estudiando?

—Claro. Algo de finanzas, o economía del comportamiento. ¿Y tú?

—Ya te dije que la entrevista no es para mí.

—Yo quiero saber.

—Tendrás que hacer otra entrevista. Esta es solo para ti.

—No. A mí me gusta regresar las preguntas.

—Di algo más…

—Algo más.

—No literal.

—¿Qué voy a decir? … Solo que cuide a su familia, pero tampoco permita que su familia la limite, que empiece abrir sus alas, se vaya lejos, lejos, lejos y lejos.

—Describe tu situación actual.

—Es muy mala. Sin trabajo. Sin tesis. Sin título… Me ofrecieron un trabajo, pero me iban a pagar dos mil pesos, no es ni lo que gasto en renta, ni lo que gasto en ropa, no y no; iba a desgastar mis zapatitos de naturalizer que valen más que eso, no vale la pena. Y todavía tenía que pasar dos retenes policiales, ¿sabes cuanto me caen de mal los policías? Asshh. Hasta tuve que pedirles ayuda para llegar al lugar. Ay no.


Agachó su cabeza con el ceño fruncido, parpadeó y miró de nuevo a la cámara.


—Mira que no puedes ir a la playa, por el permiso, por el dinero, porque no tienes carro. Me caes mal yo de ahora.

—¿Te hubiese gustado haber tenido un novio con carro?

—Me gusta el novio que tengo. Y no te burles, porque es cierto.


No me aguanté la risa, porque sabía que le gustaban los novios con carro.


—No me considero interesada, pero alguien cree que si —dijo levantando las cejas y moviendo la cabeza de un costado a otro.

—A veces actúas como alguien interesada.

—Podría ser.


Luego le pregunté por su familia y tuvimos que pausar, porque sus ojos se irritaban por las lágrimas que se desbordaban sobre la piel de sus rosadas mejillas. Cortamos la entrevista con la cita de su frase favorita: “Tempus Fugit, carpe diem et memento mori”.

 
 
 

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