No comprendí las señales. No vi los colores intermitentes del semáforo, pues el daltonismo me acechaba en cada encuentro con tus caricias y harapos; perdía el control en cada curva de tu cuerpo, y la añoranza del recuerdo se volvía eterna. Debí transitar con el freno de emergencia.
Ahora la tinta azul del lapicero se derrama sin ejercer presión. Está muy sensible. El cuaderno ya no le quiere regalar pedazos de su alma —hojas en blanco que se desechan por culpa de una mancha—, ni el borrador quiere intentar borrar, porque sabe que es inútil. No es una pizarra ni un marcador acrílico que reinician su vida en cada estirón de una mano equivocada.
No me ha quedado tiempo de comprar una libreta de apuntes. Solo me queda esta página—amarillenta y con bordes ondulados— para escribir un último verso, y aunque entré a este quiosco para comer, me han entrado muchas ganas de querer rayarla. Me he quedado en la esquina izquierda con vista a la entrada, en una mesa color terracota, con silla en cada costado de la mesa, pero solo ha quedado la mía, las demás han sido devorado por la sociedad que asiste al ritual de la hora feliz.
He visto esa mesa rectangular de dos metros, la que tiene en añadidura dos bancas color caoba, ubicadas contiguo al costado más largo de la mesa, donde nuestras almas se sentaban frente a frente, a disfrutar de un café instantáneo o negro, de un refresco de guayaba o una limonada, o cuando andábamos fitness y pedíamos agua embotellada para acompañar el trozo de pizza, la orden de burritos o la orden de nachos con queso amarillo.
He visto las mochilas sobre la mesa o sobre las bancas, puestas con malévola intención para que nadie se sentara a nuestro lado. Era nuestro momento, privado del goce ajeno y de las interrupciones estúpidas. Recuerdo tu mirada perdida por el hambre del mediodía, tu cuello inclinado y correspondiente a cada bocado, tus codos apoyados sobre la madera barnizada, y tu manía de verme después de la última cuchara o tenedor, cuando la servilleta se alzaba a besar la piel de los labios.
Aunque tenemos mucha historia en este lugar, también recuerdo nuestros escasos viajes a la playa, cuando te cargué hasta la arena blanca y después de un vistazo por la vasta deriva, comprendí tu locura razonable por los atardeceres, tu obsesión por sentir el viento desenfrenado agazapando tu mejilla izquierda, o quizás la derecha; y si el estrés te torturaba con la yema de sus dedos, tu romance empedernido con el horizonte apaciguaba el masoquismo. Verte libre era un orgasmo intelectual. El carbón de tu cuerpo me enamoraba y en cada cita bronceada le hacía el amor.
Pero te fuiste. Te dio temor vivir la vida desde el otro lado del cristal, no quisiste acompañarme detrás del polarizado, solo te importo tu reflejo.
No comprendiste que algunas veces me sentía utilizado (por culpa de la sociedad), no sentiste empatía cuando me escondía en los rincones de ese cuarto para evitar las gotas ácidas que alimentaban el egoísta éxtasis, nunca me preguntaste por qué terminé odiando la lluvia o por qué seguía enterrando los secretos sin desdén en este mismo papel.
Pero no fue así. Huiste ante el minúsculo desvió del sendero...
Y ya no quiero seguir escribiendo. Ya tengo mucha hambre. Basta.
Ya estoy cansado de decepcionar a mis instantes de euforia por el duelo de una tinta.
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