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Caballero misterioso

Era un día como hoy, soleado y con el tráfico a hora pico, Alex se dirigía a casa cuando su teléfono vibró sobre la piel de su ropa, su pantalón de mezclilla. Se detuvo ante la tentación de revisar su teléfono en plena calle, pero no lo hizo, continuó caminando. Al llegar a casa, inmediatamente sacó sus llaves, entró y aventó sin dirección alguna, su mochila con cuadros de ventanas. Encendió su teléfono y la decepción asomó, no era el mensaje que esperaba leer, sino un chat de su amiga o apenas conocida, pues tan sólo había interactuado con ella en un curso del idioma inglés.


Hola Alex, ¿cómo has estado? —dijo, con la carita feliz. Ese saludo fue extraño y repentino, únicamente podría significar algo; ella necesitaba un favor.

Todo bien, ¿y tú? ¿Y ese milagro?

Al menos existen —respondió Katy, seguido de un jajajajaja. Y luego ella dijo:

Espero no interrumpir tu día. Te he enviado un mensaje porque deseo invitarte a la celebración de los quinceaños de mi amiga —Belkis Tercero—, soy dama y no he encontrado un acompañante. ¿Te importaría salir como caballero?


Efectivamente, esa invitación sonaba como un favor, pero Alex se encontraba aburrido y anhelaba salir de la rutina. Aceptó.


Minutos antes, de la cita con el destino, Alex sintió un poco de nervios mientras se veía en el espejo, en el momento de hacer el nudo a su corbata. Vestido de traje negro, con fondo crema y zapatillas brillantes, no podía creer su próxima aventura —asistir al desconocido quinceaños—, sin ningún presente o tarjeta de invitación previa.


Tomó un taxi hacia la dirección enviada por Katy. Ella esperaba en el primer punto de reunión. Cuando Alex bajó del auto, las miradas apuntaban como flechas dirigiéndose a un blanco, estaba bajo el radar de inquietud ante la multitud.


¿Quién es? ¿Alguien lo conoce? ¿Será que se haya equivocado de dirección? —fueron las preguntas que leía en las miradas de ese entorno, incómodo y caótico.

¡Trágame tierra! —exclamó sin voz, únicamente en su mente.


Alex no encontraba a su amiga, y eso fue más incómodo. No sabía a quien saludar o preguntar por ella. Le llamó y por fin la observó, desde lejos y con sentimiento de alivio. La casa —primer punto de reunión— era lujosa, con paredes blancas, con estantes de libros por doquier y con un jardín supremamente verde y bello. Tanta vanidad superficial resultaba intimidante para el joven Alex. Pero más intimidante fue apreciar la llegada de una limosina. Era el transporte de la quinceañera.


Ahora, ¿A dónde vamos? —preguntó a Katy.

El nuevo punto de reunión es la iglesia, ahí será la misa.


Alex tuvo que irse con la tía de Belkis. Durante el camino, en el auto, la tía intrigada preguntó como conocía a su sobrina. Alex mintió apoyándose en las múltiples preguntas que le hacía, y trataba de esquivar el tema. En la iglesia, otro disgusto salió a luz, prácticamente embarazoso. El cura recitaba su mensaje, y entre líneas, mencionó sobre la humildad de Belkis y lo bendecida que era por tener a sus amigos y familiares o seres cercarnos en su onomástico. Asimismo, expresó que todos conocían la gran personalidad y su trayectoria en el servicio comunitario. Entonces, los demás caballeros que estaban alrededor de Alex, le quedaron viendo y sonrieron. Era indiscutible sobre el único que no conocía a Belkis. No tuvo otra opción, más que sonreír y luego disimular, moviendo su cabeza hacia otro lado.


Tiempo después, Alex y su amiga, se fueron juntos al último punto de reunión —Holiday Inn—, uno de los hoteles más prestigiosos y emblemáticos de la ciudad. Compartió mesa con el resto de chicos que eran caballeros de la quinceañera. Poco a poco, entre comida y vino, Alex iniciaba a interactuar y forjaba nuevas amistades.

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