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Corredor 098

Desde pequeño me interesó el fútbol y las competencias de atletismo, ya sea en modalidad velocidad o resistencia. Durante mi estancia en la secundaria, competí en varios maratones de corta y larga distancia, ganando algunos y otros no. Siempre me ha gustado practicar deportes para no tener un cuerpo irregular, sino equilibrado entre la cantidad de grasas y la quema de calorías. Cabe enfatizar, tampoco me agrada tener un cuerpo marcado o definido por músculos, me inclino más por los ejercicios naturales que mantienen tu cuerpo parsimonioso.


Cuando acudí a la universidad, la práctica del deporte se volvió cada vez menor. Aún recuerdo que, en tercer año de mis estudios intenté integrarme a una academia de atletismo por recomendación de un amigo. Los entrenamientos iniciaban a las 4 p.m. y finalizaban a las 6 p.m. Asistí la primera semana, luego no pude porque las clases no me lo permitían. Pero siento que fue una buena decisión haberlo intentado. Aprendí algunos trucos y el profesor brindaba lecciones de calidad. Quedaba casi muerto después de los entrenamientos, me acababa toda el agua y mis pies resultaban sin fuerza para caminar.


En cuarto año de la universidad, realicé mis prácticas profesionales o pasantías en una empresa del sector bienes raíces. Me dieron la oportunidad de apoyar el área de administración. Ahí conocí a un compañero de trabajo que era integrante de un grupo de caminatas. Un día, en la hora de almuerzo, estuvimos hablando sobre varios temas, entre ellos, el grupo de caminata. Me encantó la idea de participar, porque ellos caminaban más de 10 km en sus respectivas excursiones. Además, conocería lugares que jamás había visitado. Una vez, hicimos un recorrido de 22 km atravesando montañas y pendientes muy inclinadas. Llegamos al destino, con éxito y super agotados, gracias a la estable condición que presentaban la mayoría de integrantes. Al regreso a casa, consensuamos tomar el microbús.


Al transcurrir tres meses de labor, se aproximaba un evento organizado por la empresa; una competencia de atletismo en diferentes categorías. Eso me motivó demasiado, pues iba a participar en la misma categoría de mis colegas, a simple vista, se podía notar que obtendría algún lugar. Confiado de mi condición física, entrené por dos semanas. Una noche anterior al evento, estaba nervioso y estresado por dos cosas; la apuesta que había hecho con algunos compañeros del trabajo, y por conseguir algunos de los premios del podio. La apuesta alcanzó los $100.00 en juego y se los ganaba quien alcanzara el tercer, segundo o primer lugar en la carrera. Asimismo, los premios del evento incluían un estímulo monetario, certificado de participación y medallas (oro, plata y bronce).


Antes de partir a la carrera, miré tutoriales en YouTube sobre el control de respiración y tips para correr. Contagié mi mente de mensajes motivacionales mientras me dirigía al punto de salida. Tuve que hacer una gran fila al momento de la inscripción. Me dieron una camisa representativa y el número de corredor; inolvidable ese 098. Tiempo después, me formé en la zona correspondiente e hice pocos ejercicios de calentamiento. El corazón se me aceleraba conforme el tiempo avanzaba. Sonó el silbato de salida e inicié a trotar sin presionar a los demás. Tenía que guardar lo mejor para el final, aún más, cuando la carrera era de 4.8 km. Adicional, me consideraba un corredor con perfil progresivo, es decir, aumentar el ritmo respecto a la distancia recorrida. Mi estrategia estaba funcionando, sin embargo, no fue posible aventajar a los dos primeros lugares. En ese instante, el pensamiento de haber entrenado más tiempo cruzó por mi cabeza. A 100 metros de la meta, me encontré un colega y me dijo que iba de cuarto lugar. —¡No puede ser! Creí que iba de tercer lugar — exclamé. Mi cuerpo se incendió con las últimas fuerzas, antecedente que incentivó aumentar la velocidad. Logré pasar a la persona y terminé en tercer lugar. Eso era lo que creía, hasta que… llegó la anhelada premiación. Al parecer, otro colega y amigo mío, se lesionó durante la carrera y tomó un atajo para llegar a la meta. No se quitó el número y lo contabilizaron como primer lugar. Esa acción, quizás involuntaria de mi amigo, me dejó fuera del podio y sin derecho a reclamar la apuesta y los premios. Él no tenía idea que lo llamarían como primer lugar, así que, se había ido. Finalmente, me retiré a casa con la ilusión de haber sido el corredor 098.

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