La cueva, el registro y el caballito de porcelana
- Evan´s Darwin

- 1 nov 2020
- 2 Min. de lectura
Si se tuviera que conmemorar un lugar, sería ese rincón donde los recuerdos cobran vida, desapercibido ante los ojos humanos, infante y fehaciente. Esas paredes con hedor a madera húmeda y ese telón de cine, dorado y recursivo, renacieron del desierto de cenizas y del pantano de lodo para moldear lo que es hoy, una cueva autómata.
Si tan solo ese caballito de porcelana, blanco y negro, con cicatrices de silicona, sin colita y con la cabeza en añadidura, se adueñara de su voz para contar la serie de imágenes acumuladas en la retratera, sabrían de la complicidad en la mayoría de ellas. Recíproco, es el término adecuado para evidenciar su relación en momentos de letargos inocentes, en los cuidados intensivos o primeros auxilios, inclusive en aquellos, donde el friso de su piel fue culpable de sus propios poros. Y por supuesto, no faltan las miradas coquetas de la vida, los extraños fogones de luz y los ratos tan genuinos, como los que vive un niño en un columpio o esa anciana en la silla mecedora de su balcón.
Su cueva es una oda a la monotonía o quizás, a los instantes del poliamor, al sollozo en las recámaras durante las madrugadas de invierno, en modo silencio activado por las almohadas sobre su cara, al ir y venir de las huellas vagabundas, con el sol asomándose por el este y la noche partiendo sin despedirse. En una esquina terciopelada, residen los fragmentos de sus trofeos, el oro de sus medallas de honor, los cartones de nombres duplicados, y con supremo afecto, las incontables portadas de libros que ha devorado a través del tiempo, letras que han marcado la transición entre sus etapas antes de la muerte o únicamente entre las estaciones del año.
Durante la mitad de una década, se exilió de su valor, huyó del conformismo sin terceros involucrados, como un pájaro ruiseñor que rara vez abandona su espesura, voló muy alto ante un montón de frecuencias cardiacas. En brazos ajenos se resguardó, en aires de extranjera ciudad hizo tienda de campaña, mientras las olas de crisis existenciales llovían sin cesar. Las gotas palpitaban en el suelo. Poco a poco, el hedor de su alma se extinguía con el aroma de tierra mojada.
Una vez finalizada su aventura por las calles y paredes de otro pueblo, su cuerpo regresó al antiguo hogar, su cueva autómata. Hizo cuarentena voluntaria en tiempos de verano. Se sumergió en la soledad indefinida de sus hábitos. Desde la mesa, estrecha y rectangular, contemplaba el alba al atardecer, sin filtros ni pixeles, el horizonte estaba entre los trazos de su ventana. Contrajo matrimonio con las esquinas del recuerdo y se divorció de las ideas que le hicieron huir.
Ahora, vive el momento al filo de la improvisación. Algunos días, son todas las horas del reloj colgando del telón y en otros, mediodía. Un domingo por la tarde, el amo de la cueva le regaló un registro en su décimo octavo cumpleaños, desde entonces, escribe historias de sus capitales simbólicos y de la experiencia basado en la observación del entorno. La cueva, el registro, y el caballito de porcelana, son el laboratorio de su novela.



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