Construí mi propio mundo
donde podía tocarte;
un territorio ingente
donde podía amarte;
un extraño espacio
que nos implicaba al deseo,
sin arrepentimientos ni moral.
Solo tú y yo.
Éramos felices en el poniente,
con el corazón infinito
y el alma inmortal.
No existía la muerte
o algo que ralentizara el tiempo.
El día y la noche
no se distinguían en el horizonte.
La luna y el sol
eran la misma estrella.
No existía el fracaso
ni los estigmas del éxito.
No existían las heridas
ni el bullicio de la locura.
La belleza rara
tampoco era imperfecta.
Tu rostro
no sufría enfermedad.
Tu piel intacta
era rabillo del iris.
Tú y solo tú,
mi empedernido código binario.
Tu perfume era mi delirio, pero
me cansé de amarte en el pretérito perfecto.
Me cansé de crearte en este mundo,
siempre utópico.
Me cansé de tu ficción encarcelada,
moribunda y solloza.
Me dejaste tu ancla en altamar
o tan solo en el fondo de la traición.
Ahora lidio con la realidad
Y lo irónico,
Que es la vida en soledad.
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