Urutaú: El pájaro fantasma
- Evan´s Darwin

- 2 nov 2020
- 3 Min. de lectura
El pasado viernes, mis amigos me invitaron a salir, a celebrar el vigésimo cumpleaños de Rodrigo, nuestro antiguo compañero de universidad. Hace 30 minutos, me enviaron la dirección del punto de encuentro, como siempre un bar. Esta vez un bar diferente. Nunca lo había visitado.
Fui el tercero en llegar, ya estaban mis amigos más cercanos, Juan y Pedro. Inclusive ya habían pedido un cubetazo de cervezas, no desperdiciaban el tiempo. Los saludé con apretones de manos y abrazos, ya hace un tiempo que no los veía. La última reunión de tragos sociales fue en la fiesta de graduación. Me senté en una esquina, casi al borde entre ambos lados de la mesa. Aunque tenía muchas ganas de charlar, lo primero que hice fue darle un vistazo al menú, pues tenía mucha hambre y no había cenado. Llamé al camarero con las señas sin escrúpulos que se hacen sin la necesidad de hablar. Atendió a mi llamado y ordené alitas picantes y una entradita de ceviche.
Al cabo de un rato, llegó Rodrigo, Marcos, Raúl y David, algunos con acompañante, otros en soledad. En perfecta armonía nos pudimos actualizar sobre los quehaceres de cada uno después de la universidad. Algunos con mejor fortuna que otros.
Tiempo después, ante la duda de volver a reunir a toda la manada, decidimos ir a otro lugar, más privado, ya que alguien andaba un poco de hierba. La mayoría, pasado de tragos sociales, abandonaron el bar en estado apocalíptico. Nos subimos al auto de Rodrigo, y durante el camino, con buena música, íbamos molestando al cumpleañero, mientras que, en el asiento delantero, el de copiloto, Marcos iba preparando la pipa improvisada de papel aluminio. Llegamos al departamento, la mayoría haciendo ruidos y Rodrigo tratando de callarlos, pero hicieron caso omiso a los múltiples esfuerzos de él. Inmediatamente, se buscó un encendedor o fósforo para iniciar el ritual, hasta en círculo ya estaban formados. Al parecer tenían muchas ganas, no sólo mis amigos, sino también, las novias de ellos.
Estábamos a punto de terminar la última ronda de hierba, cuando de pronto, escuchamos sollozos extraños al otro lado de la pared, como si alguien estuviera sufriendo, se escuchaban como lamentos humanos, los ruidos venían de la habitación 38. La primera vez que lo escuchamos, nadie le tomó importancia. Se interesaron más por terminar la hierba.
Pero ese ruido extraño, continuó durante varios minutos, a veces de manera constante y en otras no. Entonces, Pedro fue quien comenzó la serie de preguntas como si se tratase de un caso policial, o el misterio de un investigador privado.
—Oe, ¿y si se trata del urutaú? —dijo, imitando el acento de Sherlock Holmes.
—¿Qué es eso? Estás loco. Andas drogado —dijo Rodrigo.
—jajajaja. Literal. Pero… van a decir que nunca han escuchado al urutaú, el pájaro fantasma, posee un grito similar a un lamento humano, y rara vez es visto durante el día. Es probable que nos viniera visitar por un poco de hierba —alegó Pedro.
—Puede ser. Yo una vez escuché cantar a esa mierda y ha sido uno de los peores sustos de mi puta vida —afirmó Marcos.
—Loco, existe un pájaro que camina en la noche y te persigue, parece duende el condenado. No puedo imitar su sonido, pero en la secundaria me ponía a tambalear, de pánico y miedo —dijo Juan.
—Maje, es peor el sonido que hace el alce. Este se podría confundir con la llorona. Se los juro. Creo que es menos atemorizante el canto del urutaú —manifestó David.
—Con los dos sonidos me hago en los pantalones. Aunque, con el del alce si saldría corriendo, gritando como loco por las calles —declaró Raúl.
—Ustedes si están bien drogados. Seguro debe ser una pareja cogiendo a estas horas. Y los sonidos extraños son los gemidos de la chica, ¿acaso no se les hace raro los aplausos? —dije.



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